VENGANZA


Detuvo la moto junto al pórtico de la iglesia y bajó de ella envuelta en unos pantalones ajustados de fino cuero negro que ensalzaban las caderas y realzaban su culo. Grandes botas de enorme tacón, que le cubrían por encima de las rodillas, destrozaron los primeros guijarros cuando sus pies se apoyaron en el suelo. Se desprendió del casco y sus cabellos negros volaron al viento para caer rápidamente más allá de sus hombros. Los hermosos ojos azules y los labios pintados de un rojo intenso garantizaban la belleza de un rostro joven y bello  que todavía no había llegado a los veinticinco años de edad.
Llevaba los brazos cubiertos por unas mangas de cuero y un top también de cuero que dejaba desnudo tanto su vientre como sus hombros y apenas le cubrían un cuarto de la espalda. Sus enormes pechos, firmes y atractivos, casi quedaban al descubierto.
Comenzó a caminar hacia la iglesia y se llevó una de las manos, de largas y afiladas uñas pintadas de un color azul nocturno, a la cadera, de donde extrajo una pistola.
La puerta principal de la iglesia estaba entreabierta y la mujer la empujó suavemente con el pie. Chirrió de forma tan espeluznante y siniestra que sus labios sonrieron. Caminó por el pasillo central. Sus botas resonaban con eco en toda la iglesia, como los ladridos de un perro que se ha puesto en guardia. Eludió cualquier vistazo hacia las figuras religiosas que adornaban el santuario y se desvió hacia la derecha, para dirigirse a la sala de la sacristía, cuya puerta también estaba abierta. Al fondo, tocó un resorte semioculto en la pared y una trampilla se abrió con una lentitud desquiciante para dejar al descubierto una serie de escalones de madera.
No dudó en bajar. Ni siquiera pensó en el ruido casi ensordecedor que  producían  sus pasos; parecía que la escalera gritaba, como si su alma se estuviera consumiendo en las temibles llamas de un infierno custodiado por bestias demoníacas.
Cuando llegó al final de las escaleras, la mujer caminó con paciencia entre la oscuridad hasta que pulsó un pequeño interruptor y el húmedo sótano se llenó de una angustiosa y repelente penumbra al encenderse una pequeña y polvorienta bombilla que colgaba de un cable que bajaba del techo.
El cuerpo de un hombre desnudo atado por fuertes cadenas se movió. Temblaba, probablemente de frío o quizá estaba terriblemente asustado. De cualquier modo, las cadenas lo tenían bien sujeto al suelo.
La mujer se acercó hasta él y arrugó la nariz al advertir el fétido hedor que emanaba del cuerpo desnudo. Tenía los brazos completamente llenos de pequeñas y profundas llagas que se habían infectado. La noche anterior, le había estado apagando varios cigarrillos sobre su piel y tenía gran parte del cuerpo hinchado, cubierto de llagas purulentas que bramaban por sangrar, pero estaban completamente secas y comenzaban a aparecer en ellas una costra negra en el centro  que semejaban ser ojos malévolos e inquietantes.
La cabeza del hombre estaba completamente afeitada y al percatarse de la presencia de la mujer, se elevó un poco para mirarla. Ella no se lo permitió. La bota se estrelló contra su rostro, ya marcado por golpes anteriores, y todo su cuerpo se movió sacudido por una fuerza extraordinaria. Pese al dolor que debió sentir, el prisionero no emitió quejido alguno.
La mujer giró sobre sus talones y cogió una vieja silla de madera. La colocó frente al prisionero y se sentó al revés, con los brazos apoyados en el respaldo.
-Te lo voy a preguntar por última vez.
La voz de la mujer sonaba dura y cargada de una rabia que el hombre advirtió desde el primer momento. Llevaba varios días cautivo, quizá incluso semanas,  y no sabía cómo era posible que lo hubieran cogido. Sin duda alguien lo había traicionado  y si salía vivo de esto…
…en realidad sabía que sus días oscuros ya llegaban a su fin. Tal vez fuera una liberación. El descanso eterno tan anhelado.
-¿Sabes quién soy?
¡De nuevo aquella pregunta! Y ahora vendría la otra. Siempre igual.
-¿No recuerdas lo que le hiciste a mi familia?
Ya había intentado explicárselo pero la mujer no había aceptado su respuesta como válida. La había mirado a los ojos y había descubierto en ellos una maldad infinita, un odio acumulado y forjado a base de los años y no admitía ningún discurso que no fuera el esperado.
-Te he estado buscando tanto tiempo… y ahora por fin que te he encontrado quiero que me mires y me cuentes por qué..
-No sé de qué me hablas.-dijo la voz profunda y gutural del hombre.
Era cierto. No conocía a aquella mujer y no sabía a qué se refería ni por qué estaba allí. O quizá sí.
Posiblemente.
Había matado a tanta gente a lo largo del tiempo que no podía recordar el rostro de todas y cada una de sus víctimas. Materialmente resultaba imposible. Era evidente que la mujer poseía mucha más información  y con toda seguridad su cautiverio se reducía a una venganza pero… era imposible. El nunca dejaba víctimas. Jamás hubo testigos…
…excepto…
¡¡No podía ser!!
Ella no…
…eso ocurrió hacía ya más de veinte años y era imposible que…
Levantó la cabeza para enfrentarse a su pasado y al dirigir sus ojos hacia los de ella y ver su interior descubrió de quién se trataba. En aquél momento, la mujer supo inmediatamente que la había reconocido.
-¿Lo recuerdas todo, verdad?
El hombre encadenado asintió con la cabeza y sus grandes y oscuras ojeras parecieron empequeñecer el brillo muerto de sus ojos.
-Entraste una noche de tormenta, por la ventana del salón. Encontraste a mi padre dormido en el sofá, frente a la televisión  encendida. ¿Por qué lo mataste de forma tan horrible? ¿Qué te había hecho?
El hombre no dijo nada, simplemente permaneció en silencio, observándola, moviendo de un lado a otro los ojos, como si estuviera recordando…
-Le clavaste tus afilados colmillos en su garganta y se la arrancaste de un solo mordisco. Dejaste que se desangrara en el suelo, mientras sus piernas pataleaban como los de un animal.
La mujer apuntó con la pistola hacia el cuerpo del hombre y apretó el gatillo. La bala se dirigió hacia el pecho del prisionero y perforó su muerto corazón. El hombre ni se inmutó. Tampoco sangró del agujero que había hecho la bala, entrando en el cuerpo como si de simple mantequilla se tratara.
-Después subiste por las escaleras y te dirigiste directamente hacia la habitación de mi madre. Entraste y te abalanzaste sobre ella. La vaciaste de sangre en apenas dos o tres minutos. Y cuando te giraste con la boca manchada de la sangre de mi mamá, te diste cuenta que yo me encontraba en la puerta, observándote.
-Sí.-dijo el hombre para guardar después en silencio.
-Me miraste y dudaste. Sé que por tu cabeza pasó quitarme de en medio y no lo hiciste. Ese fue tu error.
La mujer disparó de nuevo y la bala perforó el cuello del hombre, que esta vez bramó de dolor. Su cuerpo se retorció en el suelo durante unos instantes.
-Esta ha dolido, ¿verdad?
El hombre se incorporó confundido. ¿Por qué le dolía tanto la herida? Era imposible. Las balas…
…estaba mareado. Comenzó a sentir algo extraño en su interior, como si un nido de víboras tratara de expandirse entre sus venas. Tuvo arcadas y sus manos se agarrotaron, como garfios sujetando el aire.
-Pasaste por mi lado como si no existiera, como si yo no importara…
-Eras demasiado pequeña.-dijo el hombre entre balbuceos, mientras notaba un fuerte dolor en todo su cuerpo.-No merecías morir… tan pronto.
Poco a poco, el hombre comenzó a sentir sus miembros paralizados y fue perdiendo los sentidos. Primero la vista, después el oído. Sabía que la mujer seguía hablando pero no podía escuchar absolutamente nada salvo un lejano murmullo que se iba consumiendo como la llama de una vela.
Por eso no vio que la mujer se había levantado, tirando la silla con un gesto severo que denotaba cierta rabia. Descorrió las cortinas que tapaban una pequeña ventana y después arrancó con sus propias manos las cadenas que tenían prisionero al hombre. Arrastró el cuerpo inmóvil y lo colocó frente a la ventana.
-Pronto saldrá el sol.-dijo la mujer a pesar de que sabía que no podía escucharla.-Y para entonces el efecto del veneno te permitirá estar consciente. Podrás ver el amanecer y eso es un premio que en realidad no te corresponde pero me permito otorgártelo porque entre nosotros no hay muerte más dolorosa que perecer convertidos en cenizas y ser consciente de tan desagradable final. 
La mujer abandonó el oscuro sótano y cerró  bien la puerta. Dejó la sacristía atrás y caminó erguida por el centro de la iglesia. Miró las figuras religiosas que la observaban desde las alturas y su rostro mostró una horrible mueca. 
Salió de la iglesia satisfecha, con la sensación de que los años de persecución habían llegado a su fin. Durante todo aquél tiempo se había metido en un mundo oscuro al que ahora pertenecía. Miró unos momentos al cielo y pensó que aún quedaba un par de horas para el amanecer, dos horas aún de vida para el monstruo que había asesinado a su familia. Le hubiera gustado quedarse allí sentada para presenciar la agonía y los horribles gritos de la criatura. No podía hacerlo. El tiempo apremiaba.
Se montó en su moto y contempló durante unos instantes las calles de la ciudad. Estaba hambrienta. 
Arrancó la moto y se dirigió hacia los suburbios, con la seguridad de encontrar a un sin techo tirado en la calle, una prostituta o un hombre deambulando borracho en las proximidades de un lúgubre callejón.. Daba igual. Había decidido alimentarse antes de ocultarse en su viejo, oscuro y húmedo refugio.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Está muy bien escrito y descrito.
Saludos.