MAMMATUS


MAMMATUS
“Las Tristes e Hirientes  Lágrimas de Dios”

Esta historia está dedicada a Susana Griso y Alfonso Egea,  con la esperanza de que jamás tengan que dar una noticia de este tipo.

Si alguien tiene la suerte de leer estas líneas y ha sobrevivido a la furia que   el cielo desencadenó, nos gustaría que recordara la fecha del 22  de Noviembre de 2014  como el día en que la Humanidad se enfrentó prácticamente a su absoluta exterminación.

Ocurrió temprano, a primeras horas de la mañana,  cuando el cielo adquirió un aspecto especialmente extraño. Había sido una noche calurosa, impropia para la época en la que estábamos. La atmósfera se había secado de forma singular, como si se hubiera cargado de una angustiosa electricidad. Un  molesto olor a humedad se extendió a lo largo y ancho del planeta. En un principio pensamos que el insólito fenómeno se había producido únicamente  en nuestra parte del mundo, el lugar en el que vivíamos, pero a las pocas horas los medios de comunicación informaron de la misma situación en cada rincón de  la Tierra, sin excepciones.

La inesperada situación nos parecía bastante curiosa y al principio resultaba fascinante. El cielo había adoptado una forma inquietante, como si se hubiera cubierto de una masa gelatinosa, un manto compacto de algodón. Varias nubes impresionantes y de un sucio color gris se asomaron bajo esa misteriosa superficie  y lo que nos llamó poderosamente  la atención era la forma de las mismas. Parecían huevos colgados de un techo especialmente espeluznante. Aquél techo era el propio cielo y aquellos huevos una formación de nubes compactas que impresionaban en un primer momento y estremecían a medida que las observabas porque nunca, jamás, habíamos contemplando nada parecido.

El cielo estaba repleto de esas burbujas redondeadas, como gotas de lluvia gigantescas, como apenadas lágrimas de Dios que no llegaban a desprenderse de sus mejillas. Muchos lo hablamos y llegamos a la misma conclusión: El cielo parecía estar forrado de una especie de panel, como  en una colmena,  donde las nubes grises, de cierto tono azulado, formaban numerosos puntos hinchados que cubrían el cielo hasta perderse en la lejanía del horizonte. Mirases donde mirases allí estaban esos huevos suspendidos, esos globos flotantes,  hasta donde abarcaba la vista.



En cierto modo era un espectáculo hermoso y fascinante, una novedad para todos los que estábamos allí e imaginamos que los habitantes del resto del mundo  experimentaban algo semejante.  Supimos más tarde que en el mismo momento en que nosotros estábamos contemplando el fenómeno, varios meteorólogos repartidos en informativos de medio mundo trataban de restar importancia a la situación aduciendo que aunque rara vez las nubes adquirían esas caprichosas formas no resultaba ninguna novedad y mucho menos un problema.

¡Imbéciles! No tenían ni puta idea de lo que estaba ocurriendo y, peor aún, de lo que estaba a punto de suceder, de lo que significaba la presencia de aquellas cosas. Ninguno de ellos se dio cuenta (o al menos ni uno solo de esos idiotas lo mencionó). El cielo estaba plagado de  extrañísimas nubes, de esos huevos que flotaban en el cielo, como si estuvieran a punto de desprenderse en cualquier momento  y estrellarse sobre nuestras cabezas. No había ni una sola zona despejada en todo el mundo, ni un solo tramo de cielo  que no mostrara tan temible aspecto por lo que todas esas tonterías de la temperatura, la humedad y posibles tormentas y tornados no valían más que para limpiarse el culo con ellas. Y decían que era algo normal, ¡¡Por favor!!

Tras la sorpresa del primer momento, poco a poco fue cundiendo el pánico, sobre todo cuando la tonalidad grisácea del cielo y de las asombrosas nubes varió paulatinamente hasta convertirse en una masa amarillenta donde destacaban esas bolas, esferas o como quieras denominarlas. Nosotros siempre nos referimos a ellas como huevos.

La gente optó por encerrarse en sus casas, al menos la mayoría, aunque no podían evitar asomarse por la ventana para seguir contemplando el fenómeno. De algún modo, el espectáculo que presentaba el cielo nos tenía atrapados, como si despertara en todos nosotros una inquietante fascinación aunque supiéramos, cada uno en su propio interior, que no traería nada bueno. 

Si esto nos parecía estremecedor mucho más inquietante era comprobar gracias a la Televisión que el cielo de todo el mundo, de absolutamente todo el mundo, tenía ese mismo aspecto. Las imágenes que se podían ver en los informativos eran espeluznantes y pavorosas. Daban miedo y muchas personas poco a poco fueron bajando  las persianas de sus hogares para no seguir siendo testigos de tamaña visión. 

Quienes tenían sótano en ellos se encerraron, quizá porque en el fondo de sus conciencias algo les decía que la tragedia estaba a punto de desencadenarse. Otros, muchos, quizá miles, se refugiaron en las iglesias como si sus rezos y oraciones pudieran secar lo que muchos consideraron las tristes lágrimas de Dios, que no tardarían en convertirse en hirientes y exterminadoras. Para nosotros, como os he dicho,  eran huevos y como huevos se quedaron. 



Permanecimos  durante algún tiempo más en mitad de la calle. Ningún coche circulaba por la carretera. Las autopistas estaban llenas de vehículos inmóviles y sus ocupantes se encontraban fuera mirando hacia el cielo, algunos de ellos con prismáticos y no sabemos con certeza si ellos pudieron apreciar  más detalles de los que nosotros contemplábamos  a simple vista.

Pudimos  comprobar, y lo comentamos  con las personas que estaban a nuestro alrededor,  que el ambiente se había secado aún más  pese al fuerte y pestilente  olor a humedad que nos llegaba desde arriba. Pensamos que en cualquier momento  esas extrañas nubes dejarían paso a una lluvia torrencial porque daba la impresión de que estaban reteniendo agua, como si fueran bolsas que se iban llenando poco a poco, globos hinchados de aire que rebosarían agua en cuestión de minutos. Lejos de convertirse en masas flotantes, oscuras y amenazantes, que pudieran anunciar tormenta, la tonalidad amarillenta del cielo fue creciendo y pensamos que el sol trataba de hacerse un hueco a través de la masa opaca que cubría el cielo mientras esos huevos mantenían un color blanco como la nieve. Pero no llovió y el aire que nos rodeaba cada vez era más denso y asfixiante, dando la impresión de que el oxígeno que respirábamos se iba consumiendo poco a poco. ¿Y si aquella especie de huevos nos estaban robando nuestra necesidad para respirar? Los pensamientos que estábamos teniendo no eran nada halagüeños pero la situación no parecía arrojar  ni un ápice de esperanza.

Ni la más leve brisa corría a nuestro alrededor y descubrimos algunos rostros cercanos que comenzaban a mostrar expresiones de preocupación, probablemente incluso los nuestros.

Y poco después, casi de forma inesperada, el cielo dejó de estar amarillo para convertirse en una masa rojiza incandescente donde las nubes de bola destacaban por adquirir una tonalidad marmórea y brillante, lo que les daba un aspecto de huevo mucho más real. En la Televisión, según supimos después, comenzaron a recomendar que la gente se encerrara en sus casas hasta nuevo aviso, aunque no arrojaron mucha más información.  El miedo se había instalado en el corazón de todos y cada uno de los humanos y jamás olvidaremos el rostro de espanto, horror y preocupación que vimos en Susana Griso y Alfonso Egea, que se mantuvieron al frente de “Espejo Público” hasta el momento en que la conexión se interrumpió definitivamente. Aún en sus miradas atrapadas por el miedo, en sus rostros temblorosos y casi desencajados, podía entenderse la condición de dos excelentes profesionales Fueron de los pocos que aguantaron estoicamente hasta el final. Mucha gente, con toda seguridad, se llegó a  sentir  orgullosa  de que optaran por reducir  con su presencia, si esto era posible, el terror que nos atenazaba a todos. 



A partir de entonces, todo sucedió demasiado deprisa y poco pudimos hacer salvo  correr en busca de un lugar seguro si es que existía algo de ello en alguna parte del mundo.

El cielo pareció arder. Tuvimos la impresión de que el sol había explotado tras las nubes que cubrían el cielo y que los rayos las mordían para penetrar por sus grietas. Era cuestión de tiempo de que nos alcanzaran y destruyeran…

Quizá como dijo alguien, la luna se había hecho añicos, o un cometa había perforado nuestra atmósfera. Tal vez una lluvia de meteoritos  se aproximaba velozmente hacia nosotros…Todas estas alternativas era viables, o en aquél momento nos lo parecían  pero la salvedad de que  el cielo estuviera  cubierto a lo largo y ancho del   mundo… no señalaba otra cosa que un inminente y devastador final. 

Nos pareció tan  extraña e irreal la masa roja que se había originado sobre nuestras cabezas, que  nuestra mente se cubrió de  la imaginación de uno de los maestros del terror, Stephen King, como si ese o cualquier otro psicópata que se divierte escribiendo horribles y terroríficas pesadillas, se  hubiera inventado algo de este tipo. Sin embargo, esto era real, real como la vida misma, como el calor que experimentábamos y que surgió de improvisto, bajando del cielo como un fuego arrollador.

 Y mientras tanto, permaneciendo  ajenas a todo lo demás, esas nubes blancas con forma de huevo flotaban en lo alto, como carcasas, semejantes a bombillas, a trozos de algodón que engordaban muy lentamente.

Y en algún momento, mientras el aire se volvía casi irrespirable, mientras el cielo parecía convertirse en una masa roja incandescente, como si estuviera ardiendo por completo, aquellas masas pálidas  se movieron.

 Y comenzó el horror. Llegó el final.

Las nubes blancas se desprendieron del cielo y en lugar de precipitarse sobre todos nosotros, aplastando ciudades  y todo lo que encontraran a su paso, flotaron durante unos instantes para demostrarnos que eran compactas. No se trataba de nubes de ningún tipo. Aquellos estúpidos meteorólogos estaban terriblemente equivocados. No sabían nada en concreto de este fenómeno y no podemos culparles de ello porque en realidad nadie podía prever nada de este tipo.

Obviamente tampoco eran huevos pero aquellas cosas sí tenían su forma. Ahora que flotaban en el aire, como una flotilla de naves extraterrestres que se disponía a invadir la Tierra y aniquilar a todos sus habitantes (creemos que alguien mencionó también algo de esto en algún momento) podían verse más claramente al desprenderse del cielo cada vez más agitado y rojo, como si allí arriba se estuviera desencadenando una guerra nuclear de terribles consecuencias. La estructura ovoide de esos artefactos y su aparente cuerpo  metálico no dejaba lugar a dudas: No eran nubes y obviamente  no tenían un origen humano.

Alguno quizá pensó que podía tratarse de un arma secreta que estaba probando algún gobierno que había perdido la razón más de lo habitual o que se había desencadenado una guerra mundial con la excusa de poner sobre la mesa el fruto de una tecnología hasta el momento desconocida. Sin embargo sabemos, por los datos que pudimos recoger de otros supervivientes, que el mundo estaba completamente aterrado y que todos los gobiernos sacaron sus ejércitos a la calle aunque, si somos del todo sinceros, no sirvió absolutamente de nada. No había forma humana de defenderse de todo aquello.

Corrimos despavoridos de un lado a otro buscando un refugio. Vimos a muchas personas que hasta ese momento habían permanecido a nuestro lado ocultándose en las alcantarillas, como ratas que intuyen el hundimiento del barco en el que hasta ese momento se encontraban y no se lo reprochamos. Ojala hayan tenido suerte y vivan para reencontrarnos. 

Esos objetos flotaban en el aire. Había decenas de ellos, cientos, miles, millones repartidos por todo el mundo. Podrían tener una altura de cuatro o cinco metros por tres de ancho. Blancos todos ellos, sin distintivos, con forma ovalada y permanecían estáticos, bajo el cielo rojo, atroz y abominable, que se agitaba como un bosque en llamas por encima de ellos.

Durante horas permanecieron quietas. Parecían estar observando todo a su alrededor y fuera lo que fuesen daba miedo sentirlos ahí arriba, como ojos acechantes e inteligentes.   Nos quedó claro que tenían una estructura metálica, que eran objetos, nada de formas gaseosas ni nada que pudiera considerarse como un fenómeno atmosférico porque, produciendo un ruido semejante al chirriar de una puerta con las bisagras oxidadas, todas aquellas formas ovaladas se fueron abriendo muy lentamente.

 Los misteriosos objetos flotantes se partieron en dos, como almejas que se abren, como huevos rotos antes de ser echados a una sartén.  Y su interior no estaba vacío. Ojala lo hubieran estado pero no disfrutamos de esa suerte.

En el mismo instante en que aquellas cosas se abrieron apareció una masa oscura y deforme que brillaba bajo un hermoso color verde esmeralda. Parecía gelatina, una sustancia semejante al blandiblu con el que jugábamos de niño. Su aspecto era aterrador pues no tenía forma definida, como la espesa yema de unos huevos podridos. 

Si ya hacía un calor extremo, ahora resultaba mucho más intenso. Poco después nos enteramos de lo que estaba sucediendo realmente. Los océanos, mares y ríos fueron succionados a una velocidad vertiginosa. Ingentes cantidades de agua se elevaron en el aire para  precipitarse  hacia arriba, colándose en el interior de aquellos artefactos, devoradas por las masas oscuras e informes de su interior, como babosas  bebiendo nuestra propia vida.

Llegó a ser terrible el espectáculo que dejaron atrás, cuando por fin las cosas aquellas se cerraron y se esfumaron, elevándose en el aire muy lentamente, produciendo un ruido estridente y ensordecedor. Ya cerradas volvían a parecer huevos pendidos del cielo rojizo y ardiente y comenzaron a desaparecer lentamente,  introduciéndose en la masa roja que ahora era el cielo hasta desaparecer por completo, como si las lágrimas de Dios se hubieran secado con un pañuelo invisible aunque más bien nos recordaban, en ese preciso momento, a cómo desaparecen los supositorios cuando son introducidos en el culito de un niño.

Pensamos que todo había acabado, que pese al temible e inquietante aspecto de un cielo que parecía cubierto de sangre, al marcharse aquellas cosas la calma regresaría. Fue desolador comprender que ahora estábamos más cerca del final.

Los que tuvimos oportunidad de verlo meses después simplemente lloramos. El corazón se nos encogió y casi perdimos el don del habla. No había agua en todo el planeta. Nada en absoluto. Los océanos eran inmensas masas de tierra seca y vacía, cubiertas por restos de la fauna marítima que habían muerto, pudriéndose por  completo. El hedor a pescado podrido perdurará a través de los años, garantizando el recuerdo atroz de lo que ha sucedido.

Podríamos haber vivido con esto pero no fue lo único que ocurrió. Poco después de que aquellas cosas desaparecieran, el cielo dejó de agitarse para partirse en mil pedazos. No sabríamos describirlo de otra manera  pero millones de pequeños fragmentos rojos incandescentes se precipitaron inexorablemente hacia la Tierra. El ruido fue ensordecedor, como si hubiera estallado una bomba sobre nuestras cabezas.

Aquellos trozos ardientes destruyeron ciudades enteras y arrasaron bosques de un plumazo, que quedaron convertidos en nada en cuestión de segundos. Perecieron millones de personas, aplastados por los edificios que quedaron derruidos, agonizando bajo los escombros, solicitando ayuda… hasta morir definitivamente.

El fuego consumió el planeta, llevando consigo todas las reservas de oxígeno de un aire que quedó completamente contaminado. Fue el fin de todo. Un final horroroso y terrible.

Nosotros sobrevivimos, no sabemos por qué, pero somos un pequeño grupo de personas que tenemos el consuelo de sentirnos cerca los unos de los otros, aunque quizá hubiera sido preferible haber fallecido porque no sabemos lo que nos encontraremos en el exterior cuando decidamos abandonar nuestro  refugio. Y eso será dentro de poco, porque se nos han agotado  las reservas y ya no sabemos qué hacer para mantenernos con vida.

Nos sentimos enfermos y ya no somos los mismos. Afuera se escuchan sonidos extraños. Hace semanas que no oímos gritos de auxilio pero los ruidos están ahí. Parecen máquinas trabajando y explorando. De algún modo sentimos que no son de este mundo y si detectan nuestra presencia estamos convencidos de que nos aniquilarán porque quizá seamos, para ellos, los únicos restos de la Humanidad.

Queremos pensar que si nosotros hemos sobrevivido es posible que lo hayan hecho otras personas y por esa razón estamos escribiendo esta historia, por si en alguna ocasión alguien puede leer estas líneas. Nuestro deseo es que sean guardadas, para que todos recuerden lo qué ha pasado aunque en realidad no podamos explicar absolutamente nada de lo ocurrido.

Nosotros pronto saldremos ahí fuera. No nos queda otra salida. Estamos tan débiles y contaminados por algo que ha caído desde los cielos que no soportaremos mucho más aquí y sabemos que tras abandonar el refugio solamente nos aguarda la muerte.

El objetivo de estas líneas también es  rendir homenaje a esos grandes profesionales que durante sus vidas informaron de numerosas tragedias. Todavía se habla entre nosotros  de las caras consternadas y tristes de Alfonso Egea y Susana Griso (vuelvo a mencionarlos porque para muchos son considerados héroes), que a diferencia de muchos otros permanecieron en antena mirando directamente hacia  la cámara. Fueron  emotivos aquellos primeros planos, con sus ojos anegados en lágrimas y el temblor de sus labios, el miedo en sus voces… y sin embargo estuvieron allí, acompañando a su audiencia hasta el momento en que todo terminó. Y ellos sabían que era el final y aún así decidieron hacer su trabajo, desapareciendo al pié del cañón. Estas hojas son   un sincero abrazo a todos los que optaron por permanecer en pie hasta el instante final.

Me comunican que  han decidido que mañana será el día en el que saldremos al exterior.  Los rugidos de las máquinas  se van alejando para inspeccionar   otras zonas, no demasiado distantes, la verdad, lo que no nos hace sentir muy seguros. Pero ya no tenemos nada que echarnos a la boca. Nos morimos de hambre y sed. Algunos de nosotros no podremos dar ni un solo paso y seremos un lastre para los más fuertes. Tendrán que abandonarnos. Hay niños entre nosotros, quizá ellos tengan más suerte, podrían tener una oportunidad, convertirse en nuestro futuro. Así lo esperamos. Tal vez todavía exista la opción  de que la Humanidad no se extinga por completo. 

Personalmente, y si te soy sincero,  no lo creo. Ahí fuera están ellos, no sé quiénes o qué son, pero han venido a por todos nosotros y siguen destruyendo el planeta con una furia demoníaca.. Ahora son ellos los dueños, nuestros dioses. No sé cuándo se irán o si lo harán definitivamente pero no podemos esperar ni un solo minuto más.

Tenemos que salir. Quizá, si tenemos suerte, en algún otro momento podamos retomar estas páginas para que juntos recordemos en qué se ha reducido nuestra existencia,   pero si ese hecho no se produce significará, sin lugar a dudas, que  ninguno de nosotros ha logrado sobrevivir. 

Y con toda probabilidad,   eso es lo que sucederá.





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